
Dicen las malas lenguas que la experiencia es la mejor arma arrojadiza en caso de ataque. Es el recuerdo de aplicar la teoría a la práctica, las cicatrices que quedan tras estrellarse cincuenta veces contra la misma pared, las sonrisas que pintamos cuando creemos que todo está bien. Todos tenemos secretos más o menos comprometidos con el mundo real, más o menos miedos y contamos las mismas mentiras. Solemos sonreír y hablar como si no hubiera nada que corrompiera nuestras ideas. Evitamos llorar ante aquellos que lo desean y día tras día lo están intentando. Y, además, pretendemos esquivar a aquellos que intentan manejar los hilos de nuestro corazón, cuando son los menos indicados para crear buenos sentimientos.
Por más que una persona se estrelle, volverá a recaer en el mismo error una y otra vez. Pero llega una mañana en que se mira al espejo, con el maquillaje emborronado del día anterior, pálida y pone fin al sufrimiento, antepone su vida a cualquier imbécil que intente hacerle daño. Después, sale de casa, se divierte con sus amigos, conoce a otras personas, sonríe y piensa... ¡Hoy es el primer día del resto de mi vida!
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